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La Vida Real literally means The Real Life in French. Perhaps, unconsciously, I named this project based on a lie: that of an existence built upon fragmented memories, partial ideas, and a deep misunderstanding of my own origins. A life intimately linked to the history of an unstable and complex country, shaped by cycles of transformation and regression: Colombia. A country marked for more than half a century by an internal armed conflict, fueled by divergent socio-political ideologies, social inequalities inherited from colonization, struggles over the control of land and resources, as well as by the illegal economy of drug trafficking. This conflict, involving the State, guerrilla groups such as the FARC and the ELN, paramilitary groups and criminal organizations, has caused more than nine million victims, making Colombia one of the countries most affected by contemporary political violence.
To this diffuse war is added another logic, just as structuring: that of money, extortion, terror and corruption. Drug trafficking, especially since the 1970s, has profoundly transformed the country, generating the emergence of modern, organized mafia cartels capable of infiltrating institutions and shaping the global collective imagination. This history of violence, written by a multiplicity of actors, has direct consequences on the daily lives of Colombians, fragmenting identities, causing internal displacement, family ruptures and suspended childhoods.
Faced with this collective reality, an intimate question arises: should I undertake a historical investigation of my own existence, or rather a sensitive and contemporary cultural immersion in order to attempt to reconstruct a missing identity? Twenty-six years after my departure, which I would describe as a cultural uprooting and an emotional rupture, I return to Colombia for an indefinite period, with the intention of understanding where I come from. According to the ICBF, my name is Rodrigo Gonzales and I was supposedly born in 1988, somewhere between Puerto Santander in the Amazon and Villavicencio in the eastern plains. Two places separated by more than six hundred kilometers. An administrative contradiction that perhaps reflects the massive internal displacements caused by the war. I was born on an uncertain date, in an uncertain place, to unknown or almost unknown parents, abandoned in a hotel in Bogotá and then placed in institutional care. No member of my family ever came forward. My existence therefore begins in a symbolic, legal and emotional void.
In 1992, I was adopted and arrived in France, into a Catholic and conservative family, integrated into a privileged socio-cultural environment. I abruptly moved from a popular Latin American world to a normalized and secure Western society. Yet, beneath my eyelids, intact memories persist: barefoot games on hot asphalt, the smell of corn and empanadas, the long black hair of Adela, my substitute mother, the sun’s rays falling over the rivers of the Llanos. My inner Colombia is not that of the cartels, but that of bodies, textures and human warmth, far from the Hollywood clichés reduced to Pablo Escobar, the FARC and drug trafficking.
It is therefore with hope that I choose to return and anchor myself in Medellín. A city once considered the most violent in the world in the 1990s, under the control of Pablo Escobar’s cartel, and today an international symbol of urban and social transformation. Through policies of inclusive urbanism, culture, education and innovation, Medellín has established itself as a laboratory of resilience, to the point of being named “the most innovative city in the world” in 2014 by The Wall Street Journal. It embodies both Colombia’s historical trauma and its collective capacity for rebirth.
Yet this city remains trapped in a global mythology maintained by pop culture. The series Narcos, produced by Netflix, turned Pablo Escobar into a global icon, aestheticizing violence and transforming terror into an object of fascination. Bars, brands, music videos, clothing, dark tourism: the figure of the drug trafficker becomes an exportable cultural product, disconnected from the reality of the victims. This Western fascination constitutes a new form of symbolic violence.
It is within this context that I use photography as a tool of reappropriation: to deconstruct dominant narratives, question the dictatorship of the image and produce a counter-gaze. Images shape our perceptions, identities and beliefs. They can reveal truth as much as they can manipulate it. Photographing Colombia today is not about seeking spectacle or exoticism, but about restoring complexity, humanity and a shifting reality. Through images, I seek less to recover an origin than to accept a hybrid, fragmented identity in constant reconstruction. An identity, like Colombia itself, made of wounds, memory, struggle and rebirth.
COL
La Vida Real significa literalmente La Vida Verdadera. Tal vez, de manera inconsciente, nombré este proyecto a partir de una mentira: la de una existencia construida sobre recuerdos fragmentados, ideas parciales y un profundo desconocimiento de mis propios orígenes. Una vida íntimamente ligada a la historia de un país inestable, complejo y atravesado por ciclos de transformación y regresión: Colombia. Un país marcado desde hace más de medio siglo por un conflicto armado interno, alimentado por ideologías sociopolíticas divergentes, desigualdades sociales heredadas de la colonización, disputas por el control de la tierra y los recursos, así como por la economía ilegal del narcotráfico. Este conflicto, que involucra al Estado, a guerrillas como las FARC y el ELN, a grupos paramilitares y a organizaciones criminales, ha causado más de nueve millones de víctimas, convirtiendo a Colombia en uno de los países más afectados por la violencia política contemporánea.
A esta guerra difusa se suma otra lógica, igualmente estructurante: la del dinero, la extorsión, el terror y la corrupción. El narcotráfico, especialmente desde los años setenta, ha transformado profundamente el país, generando la aparición de carteles mafiosos modernos y organizados, capaces de infiltrarse en las instituciones y de moldear el imaginario colectivo global. Esta historia de la violencia, escrita por múltiples actores, tiene consecuencias directas en la vida cotidiana del pueblo colombiano, fragmentando identidades, provocando desplazamientos internos, rupturas familiares e infancias suspendidas.
Frente a esta realidad colectiva, surge una pregunta íntima: ¿debo emprender una investigación histórica sobre mi propia existencia, o más bien una inmersión cultural, sensible y contemporánea, para intentar reconstruir una identidad ausente? Veintiséis años después de mi partida, que describiría como un desarraigo cultural y una ruptura afectiva, regreso a Colombia por un tiempo indefinido, con la intención de entender de dónde vengo. Según el ICBF, me llamo Rodrigo Gonzales y habría nacido en 1988, en algún lugar entre Puerto Santander, en la Amazonía, y Villavicencio, en los Llanos orientales. Dos lugares separados por más de seiscientos kilómetros. Una contradicción administrativa que quizá refleja los grandes desplazamientos internos provocados por la guerra. Nací en una fecha incierta, en un lugar incierto, de padres desconocidos o casi desconocidos, fui abandonado en un hotel de Bogotá y luego institucionalizado. Ningún miembro de mi familia se presentó jamás. Mi existencia comienza, entonces, en un vacío simbólico, jurídico y afectivo.
En 1992 fui adoptado y llegué a Francia, a una familia católica y conservadora, integrada en un entorno sociocultural privilegiado. Pasé bruscamente de un mundo popular latinoamericano a una sociedad occidental normada y segura. Sin embargo, bajo mis párpados persisten recuerdos intactos: los juegos descalzo sobre el asfalto caliente, el olor del maíz y las empanadas, la larga cabellera negra de Adela, mi madre sustituta, los rayos del sol cayendo sobre los ríos de los Llanos. Mi Colombia interior no es la de los carteles, sino la de los cuerpos, las texturas y el calor humano, lejos de los clichés hollywoodenses reducidos a Pablo Escobar, las FARC y el narcotráfico.
Es así como, con esperanza, decido volver a anclarme en Medellín. Una ciudad que fue considerada en los años noventa como la más violenta del mundo, bajo el dominio del cartel de Pablo Escobar, y que hoy es un símbolo internacional de transformación urbana y social. Gracias a políticas de urbanismo inclusivo, cultura, educación e innovación, Medellín se ha consolidado como un laboratorio de resiliencia, al punto de ser elegida en 2014 como “la ciudad más innovadora del mundo” por el Wall Street Journal. Representa al mismo tiempo el trauma histórico y la capacidad de renacimiento colectivo de Colombia.
Sin embargo, esta ciudad sigue prisionera de una mitología global alimentada por la cultura pop. La serie Narcos, producida por Netflix, convirtió a Pablo Escobar en un ícono global, estetizando la violencia y transformando el terror en objeto de fascinación. Bares, marcas, videoclips, ropa, turismo oscuro: la figura del narcotraficante se vuelve un producto cultural exportable, desconectado de la realidad de las víctimas. Esta fascinación occidental constituye una nueva forma de violencia simbólica.
Es en este contexto que utilizo la fotografía como herramienta de reapropiación: para deconstruir los relatos dominantes, cuestionar la dictadura de la imagen y producir una contra-mirada. La imagen moldea nuestras percepciones, identidades y creencias. Puede revelar una verdad, pero también puede manipularla. Fotografiar Colombia hoy no es buscar lo espectacular ni lo exótico, sino intentar restituir una complejidad, una humanidad, una realidad cambiante. A través de la imagen, busco menos reencontrar un origen que aceptar una identidad híbrida, fragmentada y en constante reconstrucción. Una identidad, como la propia Colombia, hecha de heridas, memoria, lucha y renacimiento.
